EL EXPRESO Y EL TACNA-TRÍPOLI

Vienen los recuerdos y se hace cierto ese dicho que dice: "Todo tiempo pasado fue mejor".

Hace 50 años que ingresé al colegio. En la esquina de mi casa del Olivar de San Isidro, en Choquehanca, me subía
a la "góndola" del colegio, ese ómnibus de color azul, con butacas de cuero hacían a los asientos durísimos,
pero eso no lo sentíamos y un tubo encima del respaldo como agarradera.

Me acuerdo que pasaba a las 7 de la mañana y si lo perdía yo tenía dos opciones, caminar a la Av. Conquistadores
frenteia la iglesia de la Virgen del Pilar y tomar el
Tacna-Trípoli, vetusto ómnibus que más parecía un carromato, de
color amarillo, de forma cuadrada que tenía dos puertas, corrijo eran una entrada y una salida, no había puertas.

Colocados verticalmente había dos manubrios de madera para ayudarse a bajar y subir o para ir en el estribo con
el cuerpo colgando porque el ómnibus estaba repleto, pero no lo perdías y te ibas a destino. Tenías que estar muy
mosca porque las ramas de los árboles te chicoteaban por lo cerca que pasaban, no pagabas pasaje y era toda
una aventura de arrojo y valentía.

El ómnibus arrancaba del convento de Santa Rosa en la 1a cuadra de la Av. Tacna, pasaba por Wilson, seguía por
la Av. Arenales, Camino Real, Cavenecia, Comandante Espinar y llegaba a la zona vieja de Miraflores llamada
Trípoli, de ahí su nombre. El regreso era igual, hasta que pusieron el tráfico de un solo sentido a la Av. Arenales,
de Lima hacia Miraflores y a la Av. Petit Thouars a la inversa, entonces el recorrido hacia Lima era desde la
Av. Javier Prado hasta Wilson era por Petit Thouars.

La otra opción era por la Av. Arequipa, en el Expreso Miraflores, omnibuses nuevos, marca Mercedes Benz, de
color azul claro y plata, no tan cuadrados y éstos sí tenía puertas. Su recorrido era desde la Plaza San Martín,
pasando delante del colegio Belén, hasta el Panóptico (hoy el hotel Sheraton) hasta la Av. 28 de Julio y por ahí
tomaba la Av. Arequipa, la Diagonal, subía por 28 de Julio Miraflores, tomaba Larco, en el parque Salazar tomaba
Armendáriz y finalizaba en la bajada Armendáriz. El regreso lo iniciaba en Armendáriz, seguía derecho por
Larco y empataba con la Arequipa en el parque Central.

Me acuerdo que uno de la clase tenía la costumbre en verano de viajar parado detrás del asiento que llevaba una
señorita de escote abierto y ganarse! Un día una señorita muy incómoda por el mirón le dijo:
Oiga ¿Usted se apellida Miranda? y él le respondió: No señorita soy Zenón Beteta.

Éramos muy caballeros, le cedíamos el asiento a las niñas del colegio Belén o San José de Cluny, que
tenían unas cintas amarradas a la cintura que colgaban hasta el filo de la falda a media pierna, la cosa era tomar
estas cintas y amarrarlas al pasamanos del respaldo del asiento. A la hora de salir rompían la cinta o se caían
en pasillo! Que tal caballerosidad la nuestra!!!

El pasaje costaba cincuenta centavos, en el Expreso no podía zafarte de pagarlo. Pero también estaban los
"colectivos" carros viejos que llevaban 5 pasajeros, el pasaje costaba un sol, pero ibas más rápido. A estos
carros los llamaban los INTOCABLES, eran tan viejos que si chocaban ahí no más los dejaban, no tenían
precio de reposición y por supuesto el chofer no te pagaba un centavo por tus abolladuras.

Si mal no me acuerdo en un principio el pasaje de Lima hasta 28 de Julio costaba la mitad y pasado 28 de Julio
completo. Esto también valía para los colectivos.

Para bueno ya está bueno ya, como dice la canción criolla.

                                                                                                                      Gregorio Durand
Sección
Recuerdos para nuestros nietos
Envíanos alguno de los tuyos.... Gracias !
Yo por mi parte vivía en la calle Shell de Miraflores número 281, a 20 metros de la farmacia
El Inca. Todos los días tomaba el Expreso en Larco y me iba hasta la Plaza San Martín
y de ahí a pie al colegio.

Muchas veces tomaba un colectivo, había algunos en buen estado, creo que costaba
un Sol cincuenta... quince reales, pero solamente lo hacía cuando había sitio adelante, por
alguna razón no me gustaba ir sentado atrás.

El
Tacna-Trípoli casi nunca lo usaba.

Ir caminando desde la Plaza San Martín hasta el colegio y el regreso, era para mí una parte muy
importante del día. Me gustaba la Colmena, la gente siempre apurada, pasar por el cine Tacna
y ver las carteleras, pasar delante del Club de Teatro y ver las fotos de la obra que presentarían
el sábado. Al salir del colegio me metí en el Club de Teatro y luego de tomar clases llegué a actuar
en un par de obras. El profesor se llamada Reynaldo D'Amore...
pero eso es otra historia.


                                                                                                                       Adolfo Pardo
EL TONGO BELGA   Sacado de la página de Leopoldo, sin su ok previo !

En Lima, las lineas de autobuses (omnibuses allá), no se conocían por su numeración sino por sus nombres.
La del "Expreso" de Miraflores era la más elitista, con asientos acolchados, perfectamente acondicionados para
climas gélidos, herméticos, donde un montón de cojuditos pasabamos un calor insoportable regresando de los
colegios de curas. El
"Tacna-Trípoli" en cambio, era más marginal, le estaba vedado transitar por la avenida
Arequipa, pero tenía una indiscutible ventaja: normalmente tenía las ventanas rotas.

La linea de "Plaza México", con una flota de vehículos desvencijados y mal olientes, probablemente adquiridos
de segunda mano en EEUU, era vergonzante: terminaba su recorrido en el barrio de La Victoria, donde estaba
ubicada la zona roja de la ciudad. Para llegar a los burdeles había que bajarse en la plaza Manco Cápac, donde la estatua del primer
Inca señalaba con la mano (con talante más pizarrista que incaico): "Por allá se va a Huatica!".
Tres o cuatro cuadras más arriba empezaban los prostíbulos.

El "Urbanito" era un pequeño autobús local que partía del mercado de Surquillo para recorrer traqueteando
las calles de Miraflores y terminar en el parque de la parroquia. A veces se detenía en la gasolinera de Constantino
para agregar agua a su humeante radiador, circunstancia aprovechada por nosotros para jugar en su interior. Su
suelo de listones de madera desiguales, le daba la apariencia de un carricoche de feria. Olía a fierros y verduras.
El más tétrico anunciaba en su cartel frontal: "Cementerio" y los choferes, en la plaza Grau, aguardaban a los clientes
con sonrisa socarrona.

Los había peor acondicionados, sin asientos, con el motor al aire, que circulaban envueltos en nubes negras con
gente hasta en los estribos: el "Cocharcas", "Jesus María", "Chacra Colorada"... Uno de ellos, el "Olaya", rimando
con su destino, nos llevaba a la playa de Chorrillos. El pasaje costaba tres reales, pero la mayoría de las veces el cobrador
no nos entregaba el boleto.

-Este tipo es bien sapo -decíamos-, se queda con la plata.    -A ustedes qué les importa -nos respondía.
La verdad es que nos daba igual. Nosotros íbamos a bañarnos.

En el Perú, la corrupción se puede llamar "chanchullo", "criollada", coima, o simple pendejada. En el extranjero el léxico
es más pobre, pero el efecto es el mismo.

En Bruselas, esa ciudad tan llena de tranvías lujosos bajo una lluvia permanente, trabajé en un organismo internacional y pude
comprobar que la "criollada" no es patrimonio exclusivo de ningún país. En todas partes
cuecen babas de la misma manera.

Una de las principales actividades del organismo, dedicado a la ayuda a Africa, era seleccionar y enviar
material didáctico al antiguo Congo Belga. Yo revisaba las facturas presentadas por importantes librerías belgas
donde se consignaban manuales de historia, matemáticas o física. Pero un buen día tuve que ir a Amberes y me acerqué al puerto
a revisar el cargamento cultural del mes, me asomé al container aún sin cerrar y descubrí que
en vez de libros de curso, lo que se enviaba eran novelitas del género rosa, policiales o de vaqueros.

Cuando me dirigí al responsable se rió un poco diciéndome: "Qué más da! Los negritos no entienden de esto".
(Recordé al cobrador del "Olaya", pero esta vez yo no iba a ninguna playa). Comprobé que la corrupción ascendía por los
despachos mejor alfombrados del organismo. Pero no se podía demostrar nada, yo no había estado en Amberes
ese día, yo no tenía por qué verificar nada.

A la semana siguiente, me sorprendió que me llamaran a una reunión donde se decidiría el material deportivo
que se iba a destinar ese año a Kinshasa. Me negué a aceptar el envío de trampolines para unas escuelas que no tenían piscina
ni agua corriente. Posteriormente fui trasladado, como es lógico suponer, al departamento de traducciones de portugués,
donde teóricamente podía ser yo bastante más útil.

                                                                                          
                                                                                                    
   Leopoldo de Trazegnies Granda