VENTACLIS Y PUBLIGANDAS

Narración para ser leída por una persona mayor, para sí misma
o sentada al borde de la cama de un niño cuando sea la hora
de dormir, o por un joven que está empezando a vivir.



Ya unos pocos días antes, el papá de Andrés estuvo hablando con la
mamá de Andrés. Para eso cerraron la puerta de su cuarto, le pidieron que
no entrase por un rato y se pusieron, con mucha preocupación, a hablar:

-Tengo la impresión de que nuestro Andrés ya se hizo grande y que ya está
listo para salir de cacería.

-No sé, realmente no lo sé. Yo lo encuentro todavía muy joven, todavía muy
niño. Tu sabes mejor que nadie los peligros que t¡ene el bosque. Además
cazar o pescar no es muy gentil, ¿No te parece? Los peces están felices en
el agua y viene un pescador, equipado con anzuelos que lo engañan y a la
fuerza lo sacan y lo separan de su familia y de sus amigos... ¿No crees tú
que eso podría ser cruel?

-Podría ser, pero podría ser que no. Todo depende de la razón por la cual
tú estés cazando. Mañana por la mañana muy temprano hablaré con
Andrés y le explicaré lo maravilloso que puede llegar a ser cazar o pescar...

*********

Hacía mucho tiempo que Andrés estaba esperando la oportunidad de salir
de cacería él solo.. El nunca había podido adentrarse en el bosque,
siempre lo veía a lo lejos y veía varios caminos que entraban en él, pero
así, de lejos, no era posible darse cuenta si eran peligrosos o no y sobre
todo saber cuál de ellos se debería tomar...

Su mamá y su papá siempre le decían que era muy bello y que había
muchísimas cosas increíblemente interesantes, pero también le decían que
era peligroso entrar sin estar preparado, que podía perderse y que al no
encontrar el camino para salir o para regresar a un lugar seguro, se
desesperaría y le explicaban que un cazador desesperado, no hace las
cosas bien y puede estropear un Ventacli o estropearse a sí mismo y hasta
estropear el bosque...

Estas advertencias no le daban miedo, por el contrario cada día se sentía
más y más ansioso de tomar uno de esos caminos que veía desde la casa
y dejarse llevar por él... donde fuese.

Su padre le explicaba que no, que los cazadores experimentados no se
dejan nunca llevar por un camino sin saber exactamente dónde llegarán,
cuándo llegarán y cómo llegarán y sobre todo cuándo y cómo regresarán...
sanos y salvos.

También le explicaba que un verdadero cazador debe saber, desde el día
anterior,  cuántos Ventaclis piensa cazar, para así tener suficientes cajas
para transportarlos y luego suficiente espacio en la casa para guardarlos. Y
le explicaba también cómo atraerlos sin hacerles mal y cómo transportarlos
sin dañar el bosque y muy en especial sin ahuyentar a otros Ventaclis a los
cuales, más tarde, seguramente querría venir a buscar... y cómo elegir los
mejores y cómo rechazar a los defectuosos o a los que no estuviesen
todavía listos.

Aprendió también Andrés a conocer a un tipo de ave de muy vistosos
colores llamado Publiganda y a saber que algunos Publigandas pueden ser
muy útiles para indicarte dónde encontrar a un Ventacli ya que suelen
posarse en ramas cercanas a los escondites de Ventaclis. Pero también
supo que otros Publigandas a veces no son tan útiles. Se posan en ramas
solitarias y te hacen buscar por nada. Entonces supo que tendría que
aprender a distinguirlos.

Su padre le explicó que algunos cazadores con mucha habilidad lograban
adueñarse de algunos Publigandas y entrenarlos para que canten de una
manera especial y para que sus plumas tengan unos colores muy bellos
que gusten especialmente a los mejores Ventaclis... y así, utilizando a
Publigandas amaestrados, esos cazadores siempre lograban traer a la
casa tantos Ventaclis como se habían propuesto el día anterior. Y no
fallaban nunca.

Andrés ya estaba listo. Ahora sólo necesitaba empezar. Ya estaba listo
para adentrase en el bosque y conseguir, en ese primer día de excursión,
su primer Ventacli. El no quería un Ventacli muy grande para que pudiese
transportarlo, pero tampoco uno muy pequeño para así sentirse orgulloso y
para que su padre se sintiese entusiasmado al ver que él estaba poco a
poco aprendiendo.


PRIMER VIAJE

Ese Lunes a las seis de la mañana, se puso su ropa de cazador de
Ventaclis, revisó luego el equipo que su padre le había preparado el día
anterior. Se sujetó bien en la espalda la caja en la que pensaba transportar
a su primer Ventacli. Dio una rápida mirada a la jaula en la que iba a
guardarlo cuando esa tarde lo trajese a la casa. Cerró con cuidado la
puerta principal y con paso decidido y alegre comenzó por fin a acercarse
al bosque.
Cuando ya los árboles estaban cerquísima de él y cuando la tierra había
dejado de ser dura para convertirse en una especie de blando colchón de
hojas caídas vio, en uno de los árboles, en una de las ramas bajas, un
poquito adentro del bosque, por el caminito de la derecha... un precioso
Publiganda. Enorme. Con mil colores a cuál más bello...

Cuando el Publiganda notó que había sido descubierto, abrió un poco las
alas, como desperezándose, levantó la cabeza y emitió un sonido de una
increíble belleza, una especie de trino profundo de canto melodioso,
Andrés no pudo dar un paso más. Se detuvo asustado al pensar que, sin
duda, muy cerca de él había un Ventacli. Ahora tendría que actuar con
cuidado para poder adueñarse de él.

Lentamente, recordando uno sobre el otro todos los consejos recibidos, se
acercó al primero de los árboles con las manos listas. Con un rápido
movimiento dio la vuelta al árbol...

Ahí no había nada. Solamente hojas rojas secas.


Se dio entonces cuenta de que ese árbol era demasiado angosto., un
Ventacli no hubiese podido estar escondido ahí.

Sin mover los pies para no hacer ruido volteó la cabeza de un lado al otro
buscando un árbol grueso que pudiese esconder un buen Ventacli... A su
derecha, un poco más lejos había un tronco enorme, muy voluminoso,
oscuro y un poco húmedo... Se comenzó a acercar hacia él, despacio, con
mucho mucho cuidado. En su corazón agitado sentía claramente la
presencia muy cercana de un enorme y seguramente precioso Ventacli...

... abrió con su mano izquierda la tapa de la caja, se alistó para cerrarla en
cuanto el Ventacli estuviese adentro y, pasito a paso se fue acercando al
tronco, cuando estuvo apenas a un metro, contuvo la respiración y
rápidamente dio la vuelta al árbol...

Ahí no había nada, solamente hojas amarillas secas.


Volteó entonces a buscar al Publiganda y vio que ahora estaba mucho más
adentro en el bosque, posado en otra rama un poco más alta y cantando la
misma melodía que antes...  Volvió a acercarse. Esta vez con un poquito
menos de cuidado, encontró un árbol casi tan grueso como el anterior,  se
preparó, abrió la caja, contuvo la respiración, dio un salto rapidísimo por
detrás...

Ahí no había nada, solamente hojas marrones secas.
Volteó a buscar al Publiganda y ya no lo vio.

El bosque había quedado totalmente silencioso. Andrés solamente oía su
corazón agitado. Comenzó a tener miedo, miedo de estar solo, de no oír
nada. Hubiese querido preguntar a su padre qué hacer en este caso. Se dio
cuenta de que no sabía realmente cómo buscar un Ventacli. ¿Se había
confiado en un falso Publiganda?  Intranquilo decidió regresar.

Dio la vuelta y todo el bosque le pareció desconocido. No recordó nada de
lo que veía. Buscó el árbol grueso de antes y ya no lo vio. Todos los
árboles eran gruesos y, además, habían mucho más que antes... y todo
estaba tan silencioso. Levantó la vista buscando el cielo azul y no lo vio.

Solo habían hojas y ramas y ramas y hojas y todo estaba comenzando a
estar oscuro. Tuvo un miedo inmenso. Quiso estar en su casa y la sintió
lejos, muy lejos. Pensó que nunca regresaría a ella. Empezó a correr sin
saber exactamente hacia dónde, pero inmediatamente tropezó y cayó. Sus
manos se hundieron hasta los codos en un colchón de hojas y su cara las
tocó. Estaban húmedas. Quiso gritar y al hacerlo se dio cuenta de que su
grito fue pequeñísimo, apenas se oyo. Entonces escuchó una risa lejana y
luego varias risas juntas. Era como si los árboles se estuviesen riendo de
él. Se levantó y corrió y corrió y corrió y corrió...

Cuando su padre lo encontró, estaba a escasos pasos de la casa y sin
embargo Andrés estaba desesperado. Lo cargó en sus brazos y
tiernamente lo llevó hasta la puerta. Allí lo bajó. Le limpió un poco la cara
con el dorso de la mano y le dijo:

-Entra tú solo Andrés. Tu puedes hacerlo. Luego anda a tu cuarto y
descansa. Mañana volverás a salir y entonces te será un poco más fácil,
aunque quizá mañana tampoco regreses a la casa con un Ventacli.

-¿Qué hice mal papá?

-De poco serviría que te dijera yo lo que creo que tú hiciste mal. Tu debes
pensar, tú te darás cuenta solo.  Seguramente volverás a equivocarte y
siempre terminarás el día dándote cuenta de que cometiste errores y de
que hubieses podido no cometerlos. Al día siguiente lo harás mejor y tus
fallas te irán enseñando, poco a poco. Tu aprenderás, sin duda aprenderás,
pero no tanto porque yo te enseñe... más bien tus errores y tus fallas lo
harán...

...Por eso Andrés, cuando cometas una falta no te sientas mal ni te
desanimes, al contrario, piensa en ella como en un maestro que te está
mostrando el camino correcto para llegar al fin que te hayas propuesto...

... esfuérzate entonces por encontrar ese camino y cuando creas haberlo
hallado, simplemente síguelo. Con todas tus fuerzas... y cuando un nuevo
error te haga tropezar o caer, levántate tan rápido como puedas, busca la
falta cometida, encuentra el nuevo rumbo y vuelve a lanzarte por él... y así
tantas veces como haga falta, para solamente al final, llegar... Si caes diez
veces, levántate once.

... nunca llegarás ni antes ni después, solamente al final, cuando tus
errores te hayan hecho modificar tu rumbo varias veces y hayas por fin
encontrado el mejor camino. Siempre habrá varios caminos, pero sólo uno
será el mejor.


Esa noche Andrés cuando se acostó, cerró los ojos, cruzó las manos por
detrás de la cabeza y se puso a pensar. ¿Cuáles habían sido sus errores?
¿Qué hizo mal? ¿Cómo corregirlo?  Comenzó a recordar. Poco a poco las
cosas se le fueron aclarando. No pudo conciliar el sueño, solamente lo hizo
cuando tuvo sus faltas claras y sus posibles soluciones. Hizo un plan para
el día siguiente:

Qué cosas o llevaría para no tener que cargar demasiado peso inútilmente.
Qué cosas no dejaría de llevar.
Cómo reconocer a un falso Publiganda.
A qué hora saldría...  
Y así, cavilando y ponderando, se quedó dormido. Respiraba
profundamente..


SEGUNDO VIAJE

Cuando amaneció, Andrés ya estaba en camino. Entró en el bosque
cuando escasamente despuntaba el sol. Casi de inmediato reconoció el
árbol grande del día anterior y volvió a ver la rama en la que estaba el falso
Publiganda. Ahora estaba vacía y en silencio.

Se sintió confiado y decidió adentrarse en el caminito un poco más ancho
que subía ligeramente entre dos troncos. Una vez más había planeado
llevar a la casa un solo Ventacli y se había propuesto que sería uno grande
y bello...

Buscó en todos los árboles que encontró, y fueron muchos. A pesar de sus
esfuerzos no alcanzó a ver ningún Publiganda. A media mañana se sintió
cansado y se sentó en un tronco que estaba caído y se apoyó en otro. Dejó
en el piso la caja que venía cargando en la espalda y se secó el sudor de
la frente con el sombrero.

Distraídamente se puso a mirar a su alrededor pensando que quizá vería
por ahí un Ventacli.... aunque fuese pequeñito y feo. Pero no vio nada,
solamente las hojas secas. Luego sintió hambre y decidió regresar a su
casa. Pensó que no podría seguir buscando sin comer algo.  Así emprendió
el regreso. Iba caminandio mientras imaginaba que ya había llegado
cuando de pronto se encontró con Don Pascual que también volvía a su
casa llevando en la espalda tres bellísimos Ventaclis.

-Buenas tardes Don Pascual. Bellos Ventaclis. ¿Dónde los encontró?

-Hola Andrés. No me fue nada fácil encontrar y traerme estos tres buenos
ejemplares....

Don Pascual le contó que hacía cuatro días que había salido de cacería,
había estado lejos, comiendo y durmiendo en el bosque, siguiendo durante
horas y horas a un Publiganda enorme hasta que descubrió un lugar donde
estaban reunidos varios Ventaclis.

-Te contaré Andrés, que cuando los vi, me quedé absolutamente inmóvil
durante más de tres horas, observándolos y haciendo planes para echarles
el guante sin asustarlos y sin espantar a los demás... no fue fácil, pero
valió la pena el esfuerzo, ¿No crees?

Dos Pascual explicó al boquiabierto Andrés que dentro de algunos días
volvería a traer tres más y que luego iría a la parte norte del bosque en
donde probablemente habría cientos de ellos. Tendría que llevar muchas
provisiones ya que el viaje, estimaba él, sería de por lo menos ocho días...

Andrés regresó a su casa una vez más con las manos vacías pero con un
millar de ideas en la cabeza y el deseo claro de no volver a salir mientras
no tuviese un plan minuciosamente elaborado.

Todos los días de las siguientes tres semanas los pasó saliendo al bosque,
explorando cada uno de los diferentes caminos, siempre llevándose una
mochila en la espalda con suficiente comida como para no pasar hambre
durante el día.

Sin embargo cada día fue llevando menos y menos provisiones ya que se
dio cuenta de que no era bueno para él comer mucho cuando estaba en el
bosque, descubrió que se sentía mejor y caminaba más, comiendo menos
de lo que comía en la casa.

Durante esas tres semanas hasta se llevó una vez una pequeña carpa de
su padre para armarla en un rellano que había descubierto y pasar la
noche allá. De ese modo descubrió que podía avanzar mucho más lejos.

Cuando habían transcurrido esos 21 días de práctica y cuando había
Andrés descubierto 12 errores y 15 tareas indispensables para la cacería,
se sintió verdaderamente listo para emprender una salida con la caja para
traer Ventaclis.

El día anterior a salir lo pasó planificando cada detalle de la aventura que
estaba dispuesto a emprender.


TERCER VIAJE

A las tres de la tarde y no a las cinco de la mañana como antes, con su
carpa, mochila y caja para Ventaclis, un día Miércoles y no un Sábado
como antes, Andrés salió de su casa hacia el bosque. Se sentía preparado
e inmensamente feliz. Se había propuesto traer, el Sábado en la mañana,
un buen Ventacli, grande y bello.

Su padre le prometió ir a esperarlo en el camino el Sábado en la mañana y
su mamá le prendió en la camisa una medallita y le dio la bendición en
silencio.

Entonces  Andrés dio sus primeros pasos caminando hacia atrás mientras
miraba a sus padres en la puerta de la casa, luego se despidió con la
mano, se dio vuelta y empezó a caminar hacia el bosque. Tenía 13 años.

El clima había variado un poco desde desde el primer viaje que hizo algún
tiempo atrás. Ahora era algo más húmedo, de hecho en la mañana había
llovido y los senderos estaban aún mojados. En alguno de ellos inclusive
encontró charcos con abundante agua, pero sus zapatos eran adecuados y
le resultaba placentero el caminar sin tener que poner cuidado en no
mojarlos.

La caja que llevaba le parecía liviana y la nueva manera de sujetársela a la
espalda que aprendió de Don Pascual, le permitía cómodamente levantar
la vista para mirar desde abajo las copas de los árboles y además mover
libremente los brazos, con lo cual disfrutaba mucho más de la caminata.

Andrés se encontró a sí mismo dando un saltito de cada tres pasos, uno
con la izquierda y otro con la derecha. Realmente era fantástico caminar
por el bosque a esa hora de la tarde. Lo que más le gustaba era no tener
que buscar Ventaclis mientras caminaba y sobre todo el no tener que
distraerse siguiendo la pista a los Publigandas que veía. Se había
propuesto caminar durante esa tarde directamente hasta la cascada de
agua cristalina que había descubierto al final del sendero de la derecha y
acampar ahí.

Al día siguiente, sólo al día siguiente, caminaría hasta ese lejano árbol
amarillo grande en donde, él sabía, lo estaría prácticamente esperando una
colonia de Ventaclis. Entre ellos escogería uno. Sólo entonces
emprendería el regreso a casa.
Poco antes de anochecer y sintiéndose agradablemente cansado, llegó
hasta la cascada. Antes de armar la carpa y de hacer la fogata, decidió
bañarse. Qué agradable fue el sentir en su cabeza y cara el agua cristalina
y fría. Abrió los brazos y dejó que el agua le golpease el cuerpo salpicando
y haciendo ruido...

Sintió de pronto una explosión de júbilo en el pecho y gritó a voz en
cuello... SOY FELIIIIZ !

Esa tarde comió unas salchichas y papas asadas en el fuego. Gozó cuando
se le escurría por el cuello el jugo de una naranja y mordisqueó un pedazo
de chocolate, luego se recostó de espaldas en el suelo, abrió los brazos
cuan largos eran, separó las piernas y mirando unas nubes rojizas que
corrían por el cielo, se sintió el dueño del mundo.  

Mañana encontraré mi primer Ventacli, pensó y sin entrar en la carpa, se
quedó profundamente dormido.

*********

Qué apetitoso se veía ese huevo frito con tocineta que se preparó a la
mañana siguiente en la sartencita de su papá, y qué estupenda sensación
tuvo al doblar nuevamente la carpa, acomodar todas las cosas, después
apagar bien los rescoldos, dar una mirada en redondo al terreno en donde
durmió y emprender con brío su segundo día de marcha.

-El Viernes en la tarde, -pensó- volveré a acampar aquí.

Ya hacia las diez de la mañana divisó a lo lejos el enorme árbol, amarillo,
brillante, alegre. Estaba completamente en flor y daba una deliciosa y
tenue sombra. Al verlo de lejos Andrés se detuvo. Bajó cuidadosamente la
caja de madera al suelo, se sentó en ella y se puso a observarlo. No tenía
prisa.

Los momentos que siguieron fueron de una inenarrable paz. Los ruidos a
su alrededor eran suaves, los colores de la hierba eran de un verde
amarillento tranquilo y la luz que se filtraba a través de los árboles se
agitaba en el piso con rápidos y pequeños movimientos... Andrés sintió en
cierta forma que amaba a los Ventaclis que habían elegido ese hermoso
lugar para reunirse.

Con un ruido muy especial, mezcla de un leve canto y del movimiento de
sus plumas contra el aire, pasó volando, muy cerca de Andrés un
Publiganda, increíblemente grande y totalmente tachonado de colores...

Con un elegante movimiento de baile estiró sus patas y se posó
suavemente en una de las ramas amarillas del árbol. La rama cedió un
poco a su peso y lentamente regresó a su posición anterior y se quedó casi
imperceptiblemente balanceándose con el Publiganda mirando a un lado y
al otro como buscando con calma algún motivo para cantar.

Entonces, después de un peculiar silencio y en medio de una misteriosa
brisa, apareció por detrás de un arbusto un primoroso Ventacli y detrás de
él otros dos... primero uno y después los otros, se acomodaron alrededor
del árbol.

Al principio no habían reparado en la presencia de Andrés y se diría que se
pusieron tranquilamente a disfrutar de la mañana... Entonces Andrés se
levantó de su asiento evitando un movimiento brusco y dio un lento aunque
decidido paso hacia ellos. Los tres levantaron la vista para verlo... y no se
inmutaron. Se diría que lo estaban esperando.

Andrés se fue acercando poco a poco emitiendo un chasquido con la
lengua como para darles confianza mientras abría con la mano izquierda la
puerta de la jaula de madera. Cuando estuvo a no más de tres o cuatro
pasos del árbol amarillo, uno de los Ventaclis se incorporó y sin necesitar
de un aparente motivo especial, se encaramó y entró confiadamente en la
caja...

... por un instante Andrés no cerró la puerta como para permitir al Ventacli
arrepentirse y salir;  luego al ver que no regresaba afuera, gentilmente la
cerró.

Luego miró uno por uno a los otros dos Ventaclis que lo miraban
tranquilamente a él y sintió que si volviese a abrir la puerta quizá lograría
que otro entrase... se sonrió complaciente consigo mismo y sin volverlo a
pensar cargó la caja. Mientras se la acomodaba en la espalda se puso a
caminar de regreso. Quizá la próxima vez se llevaría tres, él también.

Durante la caminata de regreso el Ventacli fácilmente se acomodó en la
jaula y se dejó amodorrar por el movimiento... comenzó a juguetear con una
ramita que se trajo del árbol y a hacer unos pequeños ruiditos como si, a su
modo, estuviese canturreando confiado...

Esa noche en la cascada, Andrés se durmió con una mano apoyada a la
caja como protegiéndola... soñó que él era un ave totalmente blanca y que
volaba muy alto dejándose llevar por el viento y que veía abajo el bosque y
su casa y que allí arriba no había ruido, salvo el del viento contra sus alas.



                                                             Adolfo Pardo
                                                             Caracas, 4 Mayo 1986