ESPÓNDILO ARTROSIS ANNUS LÁPIZ


A los sesenta uno se sienta !        Estoy a punto de cumplir sesenta... años.
Es una edad que merece un cuidado especial.
No es que uno sea viejo, dejemos eso para cuanto tengamos ochenta,
pero uno ya no es joven.  Tampoco es simplemente adulto...  

Soy un viejo joven (caramba que bien conservado estás...)  y
Soy un joven viejo (Es que ya no estás para esos trotes, hermanito...!)

La semana pasada hizo crisis un mal que se me venía cocinando desde
hace ya varios años: Dolor de espalda. Pero no un dolorcito de esos que
simplemente lo hacen a uno ponerse las manos en la rabadilla y estirarse un
poco hacia atrás haciendo un gesto con ojos y boca y emitiendo un rugidito
quejumbroso... nooo!

Lo que yo tuve fue una verdadera spóndilo artrosis herniada a la quinta
lumbar... Cuidado, eso no es cualquier cosa, los dolores son sólo
comparables a los de parto. Por lo menos así me dijo una señora que ha
pasado por ambos trances. Pero cuando uno pasa por los dolores de parto,
por lo menos después le queda a uno el bebé... mientras que a mí, sólo me
quedó un caminadito cuidadoso, una promesa formal de no hacer esfuerzos
ni levantar pesos y un televisor menos.

Eran las diez de la mañana. Estaba solo en mi habitación en la clínica.
Tenía los ojos cerrados, pensaba en qué se yo qué. Había silencio en el
cuarto. Ni siquiera tenía prendido el televisor portatil que me llevaron para
los ratos de ocio... como si hubiesen otros.

En ese momento entró un practicante a tomarme la temperatura. Me dijo que
esta vez sería la temperatura rectal. Me hizo inclinarme a un lado, sólo veía
yo la almohada. Me puso el termómetro y me sugirió no moverme nada para
que no se fuese a romper. Sólo de imaginarme que el dichoso termómetro
pudiese quebrarse en sitio tan delicado, me hizo quedarme quietecito con
parte de mi humanidad expuesta al aire. El enfermero me pidió permiso para
salir un momentito solamente. Se lo permití y me quedé quietiiito...!

A los diez minutos perdí la paciencia y decidí cuidadosísimamente sacarme
el termometro que me mantenía inmóvil. Lo tomé entre mis dedos y lo
saqué. No era un termómetro, carajo, era un lápiz.  
Mi rabia fue inconmesurable. Me vi a mi mismo boca abajo con un lápiz
metido en el culo y sentí vergüenza... qué imbécil, pensé. Pero no te quiero
contar qué sentí cuando me dí cuenta que el supuesto enfermero se habia
llevado mi televisor portatil.  La madre que lo parió.

Me pusieron 43 inyecciones. No es que las conté, lo que pasa es que
figuraban en la factura. Ahora que lo pienso, no puede ser. Creo que me
robaron otra vez. Me endilgaron 18 litros de suero intravenoso, por lo menos
así decía la factura. Me dieron 14 vasitos con gelatinita de variados colores
y sabores idénticos, me pusieron la chata unas 12 veces al día (nunca me
imaginé que el suero se transforme químicamente en tan poco tiempo), me
tomaron la presión y la temperatura 8 veces al día (en mi caso fueron nueve
el segundo día). Me bañaron echadito y con unas tohallitas tibias. Me
preguntaron un millón de veces si necesito algo más... (Que las enfermeras
agradezcan que mantuve control sobre mis ideas)

A los tres días me dieron de alta, casi debería decir que me dieron de baja.

Me sacaron en silla de ruedas hasta la puerta de la clínica. Ahora entiendo
que debe haber sido para evitar que salga corriendo despavorido. Los
bandidos mantuvieron controlados mis movimientos hasta el último instante.  
Por lo menos me llevé el lápiz de recuerdo.

El médico, su madre, tuvo razón, me había dicho que saldría caminando... y
así fué. Para pagar la cuenta he tenido que vender el auto.

Adolfo Pardo