UNA MANCHA NEGRA
EN EL ARCO IRIS   
                 Lunes 22 de Setiembre de 1986



Esta mañana me levanté temprano. Apenas me permití quedarme en
cama unos pocos segundos, solamente para no pararme
absolutamente de inmediato después de apagar el despertador.

Un poco tambaleante caminé hacia el baño mientras me sujetaba con
una mano el pantalón demasiado flojo del pijama y con el dorso de la
otra me frotaba uno de los ojos, como para borrarle el sueño.

Me lavé los dientes, luego me afeité y me duché. Me puse un blue-
jean limpio, hice un par de sentadillas con el pantalón puesto para que
se estire un poco, me puse
una camisa recién planchada... fresquita y como almidonada,
mocasines beige, un par de palmaditas a la cara con after-shave y
luego, completamente nuevo, bajé.

Saqué el auto. Abrí un poquito la ventanilla y cerré la puerta. Me miré
en el espejo retrovisor y arranqué hacia la universidad. En la calle, a
mi alrededor, nadie aún. Creo que yo era el más tempranero. Pero
mientras me acercaba a la autopista, como afluentes a un río iban
apareciendo más y más autos, todos tempraneros.

Encendí la radio y mientras escuchaba un poco las noticias me puse a
observar a los otros choferes... casi todos solos en sus autos, todos
fresquitos, como recién salidos de la ducha, en mangas de camisa...
algunos leyendo el periódico puesto en el asiento a su lado, otros
mirando hacia delante con la boca en punta, como silbando. Hubo uno
que cruzó la vista conmigo y levantó las cejas. Me sonreí.

Todos lentamente entramos en la autopista y fuimos tomando, unos
más rápido y otros más lento, nuestros distintos canales.

Entonces cerré del todo la ventanilla del auto, me puse el cinturón de
seguridad, aumenté un poco el volumen del radio y empecé un nuevo
día de trabajo en la universidad. Seguramente de rutina pura...!

A la altura del segundo distribuidor, como veinte minutos más tarde,
me fui pegando a la derecha y salí de la autopista. Me metí por la
callecita al lado de la torre de la televisión, truco éste que descubrí y
que me permite ahorrar por lo menos un minuto, y tomé el canal
derecho del viaducto. Caí en la Avenida Washington y divisé a lo lejos
el semáforo frente al centro comercial. Vi que estaba en verde y me
alegré...

Si logro esta vez, pensé, bajar tanto la velocidad sin que los de atrás
protesten, permitiré que el semáforo cambie a rojo. Iré rodando
lentamente, a la velocidad perfecta y podré llegar a la esquina en el
preciso momento en que vuelva a cambiar a verde y podré pasar sin
haber tenido que detener el auto... habré ganado un minuto y medio
que es el tiempo que tarda ese dichoso semáforo en cambiar de rojo a
verde... pero eso no fue así.....  Una vez más mi cálculo falló. No sé
qué paso, llegué a la esquina justo en el exacto instante en que la luz
amarilla se puso roja y tuve que pararme, precisamente en la primera
fila. Miré el reloj, rabié durante un instante y me dispuse a esperar.
Empezaron a pasar los autos de izquierda a derecha, todos delante de
mí, todos brillantes y de colores, todos apurados tratando de llegar
quién sabe dónde, pero rápido. Pasaron algunas motocicletas
cambiando ágilmente de canal por entre los autos, un camión enorme
con un letrero grandísimo que decía algo así como “Una Nueva
Entrega de GMP Computación”

Detrás del camión apareció, lenta y completamente fuera de lugar, un
anciano  montado en su bicicleta. Simplemente cruzó con toda
tranquilidad las cuatro pistas de la Avenida Washington, sin salirse de
su canal de la derecha y siguió calle arriba por la Avenida Barcelona...

Era una bicicleta negra, grande, se diría que opaca y con una rueda
de afilar colocada adelante y una caja de madera puesta en una
especie de parrilla en la parte de atrás. El timón era anchísimo con
una corneta y su pera de caucho negro al lado derecho. La manejaba
un hombre viejísimo, tenía un traje negro también, un sombrero
oscuro, camisa blanca y corbata, zapatos negros de cordón y con el
tobillo alto.

Su paso fue tan lento, tan silencioso, tan seguro, tan ajeno a todo el
tráfago a su alrededor, que todos los que estábamos en la primera fila
nos quedamos inmóviles viéndolo pasar y contuvimos la respiración...
el viejo tenía barba grisásea y anteojos, creo que eran de vidrios
redonditos o algo así.

Era como una escena de 1940 trasladada milagrosamente hasta hoy,
era como si él no se hubiese dado cuenta de que a su alrededor las
cosas habían cambiado y él hubiese seguido, como en sueños,
haciendo día a día su mismo recorrido de todos los días y de todos los
años.

Era como si en medio de una película a todo color y en brillante sonido
estereofónico, sorpresivamente apareciese un personaje aislado,
solamente él, extraído de una película muda y en tembloroso blanco y
negro...

Su paso apenas duró quince segundos durante los cuales el nervioso
apuro de siempre quedó como suspendido en el aire y en silencio.
Cuando terminó de pasar, la luz cambió a verde, sin embargo durante
un par de interminables segundos nadie avanzó...

...durante un pequeñísimo momento, cada uno de los que
contemplábamos la escena, nos quedamos pensando... en tantas
cosas...

luego, como obedeciendo a una señal diabólica, todo empezó a
moverse y los colores empezaron nuevamente a brillar y el ruido
comenzó nuevamente a abarcarlo todo.




Adolfo Pardo