La Pelota
Adolfo Pardo
Caracas, Abril – Mayo 1990

En este momento son apenas las siete de la mañana de hoy Domingo.
Debería decir de un Domingo. Uno cualquiera. Acabo de levantarme,
afeitarme ducharme y sin haberlo planeado así, vengo a sentarme
delante de esta máquina amiga con la que converso tan a menudo.

Sucede que al momento de despertarme tuve la clara sensación de
haber soñado con alguien que quizá alguna vez fue un amigo muy
cercano a mí. Tenía yo una especie de angustia indefinible en el alma.
Traté durante un rato de centrar ese recuerdo, de reconstruir en mi
cabeza de hombre despierto, ese sueño que me había dejado vacío,
angustiado y, aunque pudiese parecer un contrasentido, al mismo
tiempo con una tranquila tibieza, como después de haber charlado
largamente con un inesperado recuerdo.

Sin realmente desearlo he ido trayendo a mi cabeza, cada vez más
despierta y también cada vez más distante del sueño, uno a uno a los
amigos que alguna vez tuve. Tengo ahora tan pocos.

Los he hecho, a mi voluntad, desfilar delante de mí, detenerse un
momento para darme tiempo de observar a cada uno separadamente y
rememorar, en un instante, por qué razón fue alguna vez mi amigo y
también si verdaderamente yo lo fui de él.

Han pasado unos cuantos, todos se han detenido dócilmente en mi
delante para ser observados, a todos los han ido rechazando con
cierto desgano, siempre diciendo imperceptiblemente no con la
cabeza. Cada vez más solo.

Por eso hoy pensé, no tengo amigos. Me he vuelto infinitamente más
exigente que antes. Tengo mucho más conocidos, vecinos,
compañeros de trabajo, de club, de bar, que antes, pero tengo también
muchísimo menos amigos.

¿Los tuve alguna vez? ¿Tuve uno sólo alguna vez?
¿Fui yo verdaderamente amigo de alguno?... Creo que no.

Me sentí entonces totalmente desvinculado del sueño que acababa de
vivir. Él había caído ya en ese abismo profundo, infinito al cual se van
los sueños y del que nunca vuelven.

Mi afanosa búsqueda hacia atrás siguió, cada vez más atrás,
viéndome cada vez menos viejo, cada vez menos joven, cada vez más
niño. Fui muy poco a poco, muy serenamente recordando cosas,
hechos momentos que me fueron llevando hasta un lugar preciso en
una época precisa. Ahí solamente ahí creo haber encontrado algo que
podría parecerse un poco al amigo que después realmente nunca más
encontré...: Mi Pelota.

Tenía yo entonces unos siete u ocho años apenas. Vivía en una casa
bastante grande, en mi recuerdo, que tenía un patio de losetas rojas y
un macetero en el centro con una palmerita o algo así. Alrededor del
patio había un desnivel formando una especie de veredita de losetas
también.  Varias habitaciones con doble puerta alta de madera, vidrios
y visillos blancos. No recuerdo mucho más, solamente me veo a mí
mismo en ese patio dando botes a una pelota roja.

Voy a tratar de describir con algún detalle todo lo que veo en mi
recuerdo para que tú, que lees esto ahora, puedas sentir un poco de
lo que yo tengo en este momento en la cabeza.

Sin duda alguien alguna vez me regaló esa pelota roja. Era pequeña,
sin embargo recuerdo claramente que alguna vez tuve otra más
pequeña y que esta roja nueva era La Grande.

No tenía ningún dibujo, era simplemente roja y lisa. Era dura y
rebotaba muy bien. Al hacerlo contra el piso de losetas, producía un
ruido casi cristalino con un cierto eco interno que podría parecerse a
una especie de chispazo alegre. Tenía un muy particular olor a
caucho, liviano.

Recuerdo bien que en la mañana temprano, cuando me levantaba,
buscaba la pelota que había dejado debajo de la cama, me la ponía
debajo del brazo y salía al baño a lavarme. Luego al comedor, alto,
grande y un poco oscuro, a desayunar con leche fresca pan y
mantequilla. Huelo todo aún ahora. La pelota estaba a mi lado
esperando salir al patio de losetas rojas a jugar.

Luego empezaba mi día. Mi juego. Jugaba solo, pero me imaginaba
cosas, grupos, otros chicos como yo. Hablaba con ellos, les lanzaba la
pelota. Ellos siempre me la devolvían.

A veces tenía que ir a una bodeguita que quedaba cerca de la casa,
tan cerca que no tenía que cruzar ninguna calle. Iba  con la pelota
dándole botes y botes por la vereda.  Mientras me atendían en la
tiendita, me la ponía debajo del brazo y mentalmente le hablaba
pidiéndole que me espere, que ya íbamos a salir, que le volvería a
enseñar distintos lugares donde rebotar.

Era una especie de amistad real en la cual yo iba poco a poco
enseñándole mis descubrimientos. Mi compromiso era hacerle dar
botes en lugares distintos, cada vez más difíciles. En pisos y paredes
fuera de la casa. Alguna vez hasta dentro de la tienda, un poco a
escondidas pidiéndole que no hiciese mucho ruido, o contra un
automóvil estacionado...

Una vez recuerdo que la lancé dentro de una casa que tenía una
entrada para el carro en subida desde la calle. Ella subió y subió casi
hasta arriba y regresó dando saltitos hasta caer nuevamente en mis
manos. Sentí como que ella había conocido de cerca otra casa y que
ahora ella podría contarme a mí lo que vio y descubrió ahí adentro.

Ahora que lo pienso, era como una amiga.
Muchos años después tuve otra amiga de verdad, que adoré.

Digo que era como una amiga, ya que había fidelidad entre nosotros,
yo cumplía mi parte de hacerla rebotar en lugares distintos, novedosos
y de tenerla siempre presente. Ella por su parte se separaba de mí
pero siempre volvía. Si la lanzaba fuerte se iba hasta más arriba que
mi cabeza pero siempre volvía a mis manos, ni más lento ni más rápido
de lo que yo la había impulsado. Nunca intentaba irse sin que yo se lo
hubiese pedido.

Si el lugar donde rebotaba estaba pintado de cal  blanca, volvía con
un poco de cal para que yo la viese. Si el lugar estaba con tierra, me
traía un poco para que yo la conozca.

Por eso la recuerdo ahora. Porque había amistad entre nosotros.

Un día no quiso volver. La lancé contra el piso y no quiso subir, se
quedó como pegada ahí abajo. Yo la recogí y la lancé contra la pared
del patio. Cayó sin regresar a mis manos. Tuve que ir a buscarla otra
vez. Y así muchas veces más.

La ponía en su lugar habitual debajo de mi brazo, la sentía débil,
deforme, sin brillo. Entonces la dejaba debajo de la cama, poco a
poco, muy poco a poco, comencé a olvidarme de ella.

Ahora que soy menos niño que entonces, me pongo a examinar por
qué razón comencé lenta y conscientemente a tratar de olvidarla,
descubro que la amistad se había roto. Ella ya no volvía cuando yo le
rogaba que vuelva. Ella ya no quería volver. Lo intenté tantas veces.
Ella no volvió nunca más.

Creo que fue desde entonces que comencé a quedarme solo.


Adolfo Pardo