EFE EN MORSE

Primera explicación:
Nosotros vivíamos al principio en Lima, después nos cambiamos a vivir en Caracas.
Desde siempre yo quería que tuviésemos algunas claves para encontrarnos y
reconocernos en el mundo: Una manera especial de silbar y una manera especial de
tocar el claxon.

Para el claxon (al mudarnos a Caracas pasó a ser “La Corneta”) elegí: Dos golpes
cortos, luego uno largo y por último uno corto. Para tu capote esa es la letra “F” en el
alfabeto Morse:  ..-.  (Por cierto me pregunto si alguien lo usa hoy en día). Bueno lo
que ese sonido significaba era “Hola Dakus”………. Ho – La – Daaa – Kus

Para terminar con el tema, te quiero explicar lo que significa la palabra DAKUS, es la
mágica combinación de los nombres de nosotros cinco:  Dani, Adolfo, Kristin, Uti,
Stefan. Por lo tanto esa manera de tocar el claxon era un saludo a todos nosotros, los
cinco, los únicos Pardo Kolesch en el mundo… DAKUS !

Bueno, esto no es más que una explicación de por qué todos nosotros, los cinco, nos
hemos acostumbrado a tocar el claxon de esa manera… “Hola Daaakus”  y lo
hacemos cada vez que queremos que los demás sepan que estamos por ahí.



Segunda explicación:
Quiero dártela para que pueda yo, por fin, empezar este cuento:

La casa que construímos en Caracas, en la Urbanización Los Anaucos, está en la
parte más alta de la Urbanización. Desde nuestra terraza se ve un paisaje amplísimo,
muy cambiante y siempre bello… y es envidiablemente silencioso. En una canción
que compuse lo llamé “La Mágica Paz…”

Subiendo hacia nuestra casa, La Montanara, cuando faltan todavía unos buenos tres
kilómetros para llegar, pasamos por una quebrada que trepa hacia la izquierda y que
desemboca precisamente en la casa.

Hace varios años atrás descubrimos, por pura casualidad, que si gritas en ese sitio
especial, se oiría claramente en nuestra casa…



Tercera y última explicación:
Siempre hemos tenido perros en nuestras casas y en esta también. Es frecuente que
salgamos y que los perros se queden solos, siempre esperando a que regresemos.
Se echan tranquilos en el jardín y están atentos a cualquier ruido en la calle y por
supuesto reconocen de inmediato nuestra llegada.

Abrimos el garaje y ellos se pegan a la reja y mueven la cola y dan como saltos.
Definitivamente uno se siente bien recibido.
Para avisarles que ya estamos llegando y que sólo faltan unos pocos kilómetros; al
pasar por el inicio de esa quebrada, tocamos la corneta: “Hola Daaakus”…  con la
seguridad de que ellos nos oirán a lo lejos y que se alegrarán ya con unos minutos de
anticipación… esa es una de nuestras maneras de quererlos !

Bien, ahora ya estoy, por fin, llegando al inicio de este cuento llamado  “Efe en
Morse”:



Resulta que, justamente frente al inicio de la quebrada que te describo arriba, hay
una casa en la cual pensaba yo que no vivía nadie. Allí de hecho vivió un abogado
amigo que falleció fuera de Venezuela y  por eso la casa quedó vacía.

Así pues, al inicio de la quebrada y justamente pues frente a esa casa, de vez en
cuando (no todos los días) al
pasar, toco el dichoso: “Hola Daaakus”… y me imagino arriba a los perros abriendo
los ojos y levantando las
orejas con curiosidad.

Sin embargo, nunca se me hubiese ocurrido pensar que en esa casa, supuestamente
vacía, pudiese haber alguien que al oír mi corneta pensase que el saludo era para él
o para ella, pero un día………


OoooooooooooooooooooO


…… recibimos una invitación para asistir a una misa en la iglesia acá abajo, luego
habría una meriendita y podríamos departir con algunos vecinos e intercambiar
anécdotas, hablar del tráfico en Caracas y de la tranquilidad de Los Anaucos, del
clima, del agua o de nuestros hijos… tú sabes lo que es eso.

Charlandito por aquí y por allá, me topé con un señor. No lo conocía. Me cayó
simpático así, a la primera. Un poco menor que yo, pero ya en la tercera edad, le
calculo unos buenos cincuentaytantos.

Tocamos los temas tradicionales de Los Anaucos, le pregunté si era casado, me dijo
que sí, que su esposa andaba por ahí, la buscó levantando un poco la cabeza y las
cejas, pero no la vio.

No sé bien cómo así, me contó que su esposa se había hecho amiga de un vecino,
“de un admirador”, me dijo, pero que él no había podido descubrir quién era. De
hecho nunca los había visto juntos, pero…  

Yo abrí un poco los ojos y solamente con un ligero movimiento de cabeza y de los
hombros, me mostré curioso y extrañado de esa aparente incongruencia…

Él levantó las manos como indefenso, buscando las palabras, se rascó la frente y me
dijo bajando un poco la voz  y mirando alrededor como para que nadie lo escuchase:

-Con frecuencia él pasa delante de nuestra casa y toca la corneta de una manera
especial saludando a mi esposa…

Yo abrí los ojos por varios segundos en silencio y luego me atreví a preguntar, con
cierto miedo, dónde estaba situada su casa… Me dijo que habían comprado la casa
de ese doctor que murió… ¿supo usted, no?

Esta vez fui yo quien se rascó la cabeza.

Sentí traviesamente que no era aún el momento de aclarar las cosas, se despertó en
mí un incontenible deseo de hurgar, de meterme donde no me llamaron y de
escudriñar en la vida y en la psicología de otros.

-¿Cómo sabe usted que es a su esposa a quien saludan y no, por ejemplo, a usted
mismo, o a alguien que quizá trabaja en su casa, o a otro vecino cercano?- pregunté
inocentemente.

Él negó lentamente con la cabeza como asegurándose a sí mismo que lo que
pensaba era la verdad y me dijo:

-Mire señor, a veces estamos sentados viendo la televisión, a veces estamos en
pleno almorzar o cenar, o no estamos haciendo nada… y pasa el carro, risueñamente
saludando con la corneta. Ella siempre se pone como tensa, deja de prestar atención
a otra cosa, gira un poco la cabeza como para oír mejor, pestañea y luego me da una
rápida miradita, para seguir con lo que estaba haciendo… pero le he descubierto un
gestito en la boca, casi diría yo, que es una sonrisita culpable, como la de la Mona
Lisa… ¿Usted ve?

Yo, por supuesto, no vi nada de nada, pero sí tuve ansias de seguir adelante con
esta charada.

-¿Le ha preguntado usted directamente a ella misma de qué se trata? Pregunté
entrecerrando los ojos y poniendo un gesto que me pareció digno de Monsieur Poirot.

-No, -me dijo- pero lo que sí he hecho es, al oír la corneta, levantarme y salir
corriendo a la puerta para ver el carro y saber si estaba subiendo o bajando y tratar
de reconocerlo… pero cuando llego a la puerta ya no hay nadie. Es terrible.

-¿No será que la sonrisita de su esposa es porque ella sospecha que se trata de
alguien, una mujer sin duda, que lo está saludando más bien a usted? ¿No será que
ella lo ha visto a usted conversar con especial “caballerosidad” con alguna vecina y
que sospecha que es ella la de la corneta? ¿No será que es por eso que siempre le
da a usted una rápida miradita y quizá que su sonrisita, no sea por culpable sino por
condescendiente?

Poirot es un aprendiz, concluí.

Él se quedó pensando varios segundos mirando al vacío, luego hizo un gesto con los
labios y con la cabeza como diciendo quizá… quién sabe.

Luego le bailó en la cara una mal disimulada sonrisa, sentí que estaba pensando en
alguien y simplemente dijo:

-En fin, quizá, puede ser. Hay una vecina, viuda la pobre, que vive bastante más
arriba de nuestra casa; seguramente ella pasa al frente con frecuencia. No había
pensado en esa posibilidad… caray.

En ese momento se nos acercó jovial su esposa, venía terminando una conversación
con otro grupito. Él me la presentó diciendo su nombre y su apodo, no supo decir el
mío porque yo nunca se lo había dicho… pero noté clarísimamente en él un gesto de
picardía en sus ojos y en sus palabras al pasarle el brazo por los hombros con
dominante, orgullosa y traviesa ternura.

Luego me despedí con cortés diplomacia para ir, negligentemente, a buscar otro
grupo donde adosarme.

Voltée entonces a mirarlos alejarse, justo en el preciso instante en que él giraba para
verme a mí. Me vio, levantó las cejas y me guiñó un ojo !




Adolfo Pardo
Sábado 16 de octubre de 2010