LOS DIAS TRISTES DE PEKIN


Me la presentó Henry en la première de Los Días Tristes de Pekin.
La opinión generalizada era que el film estaba muy bien.
Los adjetivos se bamboleaban entre la gente y se oían repetidos, acá y allá:
Profunda, Estupenda, Transparente, Vivencial, Inenarrable...!

Anastasia, tengo el honor, un poco en broma, de presentarte a mi entrañable amigo de
toda la vida Miguel Ángel.  

Miguel Ángel Gómez de Las Casas.
Anastasia Rivadeneira.
Es un placer.
Encantada.

Interesante la película, ¿no es cierto? Dije tratando de ser cuidadoso ya que
a mí no me había gustado del todo.

Pues -dijo Anastasia- en mi opinión hay más de publicidad y de nombre del realizador que
de méritos propios en esta película, pero verdaderamente no quería perderme la
première y quería juzgarla yo personalmente.

Comparto su parecer y me encanta su objetividad y valentía al expresar su criterio en
medio de opiniones todas aparentemente muy positivas- dije sonriente; -a mí también me
pareció que el tema daba para más.

¿Una copa de champán?

Anastasia miró a Henry, él levantó las cejas y ladeando un poco la cabeza dijo: -Me temo
que los deberé abandonar. Miró su reloj muy rápidamente. Con una muy natural
inclinación hacia ella me dio a mí una mirada indagadora. Lo miré asintiendo caballeroso,
en efecto yo podría llevar a Anastasia. Henry golpeó los talones y nos dio la espalda, no
sin cierta ceremonia.

Hice un gesto con la mano cediéndole el paso y le ofrecí mi brazo. Ella, con gesto
desenvuelto se enlazó suavemente. El bar del foyer estaba tenuemente iluminado.

Ordenamos y nos sentamos frente a frente en dos butacones azul oscuro, levantamos un
poco nuestras copas de pie alto y sonriendo brindamos mirándonos a los ojos por una
décima de segundo.

Ordené que me trajeran el carro. Le abrí la portezuela, ella entró con cierta elegancia,
cerró despacio y di yo la vuelta para abrir la mía. Me senté y partí en silencio.

Al cabo de unos metros volteé a mirarla, en ese mismo momento ella estaba haciendo lo
mismo y sonreímos.

La dejé en la puerta de su casa. De la manera más sutil y solamente con la mirada me
preguntó si quería pasar. La miré e inclinándome le tendí la mano a manera de
despedida. Me la estrechó con calidez y nos volvimos a mirar por un instante a los ojos.

Abrió su puerta y sentí en la piel que me decía que podría buscarla en el futuro. Golpeé
los talones y haciendo un gesto gentil aunque superficial, le di la espalda. Elvira me
estaría seguramente esperando en el enorme penthouse que con tanta ilusión había yo
comprado en el Boulevard Los Cedros.

Qué feliz podría yo ser, pensé, si me gustasen los cubrecamas que Elvira había puesto
en nuestro dormitorio. Qué feliz podría yo ser si me gustasen las flores artificiales que ella
tenía en la mesita de la sala y el cuadro del Corazón de Jesús que tenía en el comedor y
que se había traído de su casa. Qué feliz podría ser si me gustase el catsup con pasta.

Cuánto quisiera que la vida de Elvira me gustase realmente y sin titubeos, que yo no
estuviese siempre recordando. Podría también yo ser tan feliz como ella, sería tan fácil,
tan seguro, tan cómodo.

Pero no soy suficientemente simple para ser feliz.


Adolfo Pardo   12mar08