CHULUCANAS   
20 de Marzo de 1957   

PRIMERA PARTE

Hacia 1957 en Chulucanas, apenas nacían dos o tres niños cada mes y casi todos
eran iguales. La mayoría de las veces era un varón y lo llamaban un “machito”. De
vez en cuando nacía mujer y la llamaban una ‘hembrita’.

Casi todos los hombres en el pueblo trabajaban en el campo. Salían todos los días de
sus casas tempranito en la mañana a eso de las cinco después de tomarse un tazón
de café aguado, y mordisquear un pedazo de pan con queso blanco de cabra. Se
limpiaban la boca con el dorso de la mano, rugosa y con olor a tierra, trancaban la
puerta hecha de tablones de madera, y con las manos en los bolsillos, apurados,
como dando saltitos, se iban al campo... siempre agachados.

El trabajo en la tierra era duro y ellos hablaban poco durante todo el día.
Sembraban con la luna y cosechaban con la luna. Trabajaban siempre igual, siempre
arando, siempre sembrando, siempre recogiendo piedras de entre la tierra, siempre
canturreando, triste y bajito... Reían poco y trabajaban mucho. —
En la tarde volvían a sus casas, a sus mujeres y a sus hijos. El perro ladraba al verlos
llegar, y los ladridos no hacían eco en las montañas, porque estaban muy lejos.
Todos iguales, todos los días iguales, día tras día.

A veces las mujeres se preñaban y parían. Generalmente machitos, de vez en
cuando, rara vez, hembritas. Invariablemente lo mismo. Crecían desabrigados, con las
barriguitas hinchadas, desnuditos, despeinados, sucios, siempre tristones, viendo de
cerca el trabajo duro de la mama y las idas y venidas calladas del tata.

Un día de 1957, en la casa de Ramiro Iscar, hubo parto... machito. Casi de inmediato
la noticia circuló y todos la recibieron con una cierta alegría. El machito también se
llamaría Julián, como el tata viejo de Ramiro. Cuando viniese a pasar el señor cura,
sería bautizado como la primera hembrita de Ramiro que también fue bautizada.

Y así fue... aunque tuvo que esperar 15 meses para que el señor cura pasase. Para
entonces Juliancito no había aún pronunciado su primera palabra. La gente
comenzaba a llamarlo “El Mudito”.

En Chulucancas la gente se olvidaba casi de inmediato de la fecha en la que las
mujeres parían, por lo tanto nadie sabia exactamente cuándo había nacido.. Sólo se
recordaba, al principio, la época y al cabo de algunos años, ni siquiera eso.. A veces
ni se llevaba cuenta de los años transcurridos…  Sólo habían guaguas, niños,
hombres y unos pocos ancianos......... Las mujeres eran siempre sólo mujeres.

Cuando Juliancito dejó de ser guagua, cuando ya hubiese podido ir al campo, no
hablaba nada, solamente hacía unos pocos ruidos y apenas pronunciaba unas
escasas palabras. Nadie le entendía, solo TataRamiro y MamaToya y le hablaban
fuerte y le gesticulaban para que entendiese y le gritaban. Julián casi no entendía y
casi no hablaba.

Cuando en el campo un día de esos TataRamiro vio que se estaba alejando por un
camino que no era, le gritó que volviese y le volvió a gritar......Por ahí no Julitito, por
ahí no, venite pa’cá, Julitito. Pero sus gritos no llegaron a Julián y no hicieron eco en
las montañas porque estaban muy lejos. Ramiro dejó caer su lampa y se puso a
correr saltándose los surcos y gritando hasta alcanzarlo.

Esa tarde en la casita, Ramiro trató de hacer entender a MamaToya que Julitito no
era mudo, no era mudo, no era mudo, Julitito no podía oir , :Julitito no oía nadita.

Desde ese día, de una manera muy suya, la MamaToya comenzó a enseñarle poquito
a poco a hablar y comenzó a quererlo mucho más que antes. Julián empezó a
aprender y MamaToya también.
Julián nunca más fue al campo con su tata. MamaToya lo guardó para ella, para
enseñarle, para protegerlo. Cuando fue un poco mayor, cuando ya no crecería
más..... Julián sabía  hablar.

Luego el patrón, el dueño de la tierra, lo mandó a llamar para que trabajase en la
Casa Grande. Ahí habla siempre muchas cosas que hacer. En la casa grande todos
sabían leer y todos sabían escribir, poquito a poco Julián fue aprendiendo, al
principio solo, después el Patrón, Don Francisco, mandó que le enseñaran y Julián
aprendió a leer. El hubiera querido entonces enseñarle a su TataRamiro y a su
MamaToya, pero eso no lo pudo hacer nunca.

Cuando Don Francisco tuvo que viajar a la Capital para dejar allá a la patrona, habló
antes con Ramiro Iscar y con la señora Toya. Lo decidieron. Julián se quedaría en la
casita por todo un mes con ellos. Después Don Francisco se lo llevaría con la patrona
a la Capital....

El autazo negro cargado de baúles y maletas se fue alejando por la carretera de tierra
delante de una polvareda que el viento fue barriendo hacia un lado junto con el ruido
del motor... En él, sentado en una banquetita de madera, afuera, en la parte trasera
del auto, se fue Julián, por primera vez con medias y con zapatos.

Su MamaToya nunca entendió por qué tenía que ser así. Su TataRamiro tampoco, ni
Julián ni nadie, pero así fue.

Sí, para Julián, la Casa Grande había sido algo tan distinto a su casita. Tan grande,
tan completa, tan inútil, con tanto espacio perdido... y con esos muebles de madera
oscura por todas partes y ese patio con el piso de piedra y la enorme puerta por la
que pasaban los caballos y las carretas, todo le parecía a él tan vacio de gente. En
esa casa hubieran podido vivir todos juntos, MamaToya, TataRamiro, la Toyita y
hasta el perro sin para eso molestar a Don Francisco o a la patrona.
Sin duda la Capital, que él quería tanto conocer, seria algo así como la Casa Grande,
aunque quizá no tan grande, y seguramente habría muchos automóviles como el del
patrón, quizá la gente no caminaba sinó que todos tendrían esos automóviles, o quizá
los caballos eran más grandes y quizá las montañas en la Capital no estarían tan
lejos...

Durante el viaje en el auto tuvieron que acercarse y acercarse a las montañas y se
metieron en unos enormes huecos en los cerros, adentro era oscuro y con mal olor y
cuando salían por el otro lado, la luz era mucho más brillante que antes. El auto no
paraba nunca y viajaban y viajaban.

Al principio le pareció que realmente se acercarían a las montañas azules del fondo,
pero por más que avanzaban, las montañas siempre estaban ahí, alejadas... como
esperanzas.

En un cierto momento el automóvil tuvo que bajar una larguísima cuesta. Desde
arriba se veía la carretera que bajaba y bajaba hasta el fondo. Abajo había un puente
de hierro, lo pasaron por sobre el río, cristalino, con poca agua, con el fondo de
piedras redondas, y volvieron a empezar a subir por el otro lado de la quebrada.

Las montañas azules quedaron atrás en vez de adelante. Las vio por última vez por
encima de su hombro antes de dar una curva y luego desaparecieron envueltas en
otras más pequeñas... Quizá ya nunca más las vería.

De ahí en adelante los cerros eran más bajos, los árboles eran más altos y había
chacras y vacas y hacía calor. En un momento él se asustó porque el auto dejó de
saltar, se puso a rodar suavemente y dejó de hacer polvo. Miró hacia atrás y
descubrió que la carretera no era ya más de tierra, todo el ancho estaba cubierto por
algo oscuro que de alguna manera había sido puesto ahí para que al auto no saltase
y para que no hubiese tierra suelta. Qué pena que TataRamiro no podía ver esa
maravilla.
Después hacía mucho más calor y también mucho más viento desde adelante. Julián
pensó que el nunca había logrado cabalgar tan rápido. Recordó que en alguna
oportunidad había logrado correr tan velozmente en el caballo, que la silla casi no se
movía de arriba a abajo y él estaba como flotando, algo así como ir ahora en el
automóvil, rapidísimo pero sin, saltar... si sólo los pies no le dolieran tanto metidos en
esos zapatos que él quería botar, y el calor pegajoso que traía el viento, y ese viaje
que parecía no tener fin, qué lejos estaba la Capital. Qué lejos estaba.

Poco a poco el camino se fue haciendo más plano y también más ancho, poco a poco
comenzaron a aparecer casas a los lados y cada vez más automóviles, de diversos
colores, y camiones y autobuses repletos de gente, y en su barriga una cierta
inquietud angustiosa al sentirse tan lejos de Chulucanas, de MamaToya, de
TataRamiro, de Toyita, de sus montañas frías, lejanas y azules.

Un poco después entraron en la ciudad y caminaron por calles absolutamente llenas
de casas hasta que se detuvieron en un enorme jardín delante de una casa
inmensamente grande. Una puerta se abrió y aparecieron varias personas, todas
vestidas igual, se pusieron en una línea delante de la puerta, todos sonrientes y
tensos. Bajó Don Francisco y también la patrona y todas las personas que estaban
delante de la puerta hicieron a los patrones una serie de reverencias y de saludos.
Después les abrieron paso para que entrasen.

Cuando los patrones pasaron por la enorme puerta hacia adentro, esas personas se
acercaron al automóvil y comenzaron a bajar las maletas y los baules...

Nadie vio a Julián sentado en su banquetita de madera en la parte de afuera, atrás
del auto. Julián estaba inmóvil sin saber qué hacer.

FIN DE LA PRIMERA PARTE


SEGUNDA PARTE

La primera persona que me vio fue uno de los hombres de pantalón negro y camisa
blanca. Se detuvo al verme y comenzó a hablar sin que yo pudiese hacer nada, ni
entenderle nada. Me quedé sentado en mi banquetita sin bajarme y sin saber qué
hacer.

En ese mismo momento salió la patrona y dio ciertas instrucciones al hombre del
pantalón negro, luego se acercó a mi un poco y pronunciando palabra por palabra me
dijo que esa sería de ahora en adelante mi casa y que Felipe me atendería y me
enseñaría mi cuarto.

Debo decir que esto que ahora yo estoy contando, lo hago mucho tiempo después de
ese día de mi primera entrada a la casa. De hecho quisiera mencionar que han
pasado casi dos años. En ese tiempo han sucedido muchas cosas que quisera
recordar y muchas también que ya he olvidado.

Recuerdo que esos primeros días fueron muy extraños, todas las cosas que
debían haberme llamado la atención, pasaban delante de mi de una manera casi
borrosa. Todo era para mí una especie de sueño irreal, nada parecía verdadero,
siempre tenía yo la sensación de que todo eso era sólo un momento que muy pronto
pasaría.

El primer día y quizá también el segundo, la patrona vino a verme a la cocina y me
preguntó cosas que yo no entendí, y me hizo muchos gestos y se quedaba esperando
qué se yo qué cosas. Y yo la veía en mí delante, gesticulando, y le lograba entender
cada vez menos.

Yo soy sordo, siempre lo he sido. No sé realmente qué significa ser sordo o mejor
dicho no sé exactamente qué significa el no ser sordo. Me doy cuenta cada vez más
de que el resto de personas que me rodean, no son como yo. Antes no me daba
cuenta con claridad de la existencia de esa diferencia, ahora sí.
Javier, el hijo mayor de Don Francisco, me ha ayudó mucho en ese sentido. En los
primeros días de permanencia en la casa, cuando yo casi no hacía otra cosa sinó
pensar en Chulucanas, en MamaToya, en Toyita, en TataRamiro, en las montañas
azules; Javier vino a verme con la niña Ernestina, que era su novia. Se sentaron a mi
lado en unos banquitos de madera que había en la cocina y se pusieron a hablarme
lentamente y yo comencé a entenderles poco a poco y cada vez más.

Yo ya podía hablar desde entonces, aunque creo que ahora puedo hablar mucho
mejor porque he aprendido muchas palabras nuevas que antes no conocía. Javier me
hizo pronunciar una y otra vez la palabra SORDO... y una frase que tuve que repetir
cientos de veces:

Yo me llamo Julián Iscar,  tenqo 16 años y soy sordo de nacimiento, no puedo oir.
Cuanto bien, recuerdo, que me hizo aprender a decir esa frase. Fue como
encontrarme por fin a mi mismo, yo reconocí entonces que soy diferente, que tengo
algo que los demás no tienen, yo soy algo que los demás no son. Yo soy sordo ellos
no.

Verdaderamente no sé del todo qué es eso de no ser sordo, eso de oír, aunque
gracias a Javier estoy empezando a entenderlo. Hace poco fuimos juntos, con la niña
Ernestina también, a un hospital a donde me hicieron una serie de pruebas y descubrí
algo verdaderamente grande Yo puedo oír un poco.

La niña Ernestina se sentó a mi lado y me explicó que eso que yo siento en la cabeza
es algo así como oír. Me ha explicado que oír es notar que en el viento llegan hasta
mí unos movimientos en el aire, movimiento pequeñitos que de alguna manera me
hacen entender cosas.

Me llevaron a un cuarto en el que habían unas cajas de madera. Me dijeron que en
ellas hay música y que yo debo tratar de sentirla con mi cabeza, con mis manos y con
mi cuerpo entero, tocando las cajas o sentándome en ellas. Así lo he hecho y he
encontrado un cierto parecido a como se movía también la banquetita del automóvil
cuando yo estaba sentado en ella. Yo recuerdo que durante el viaje desde
Chulucanas, aprendí a darme cuenta, sin abrir los ojos, cuando el motor estaba
funcionando y cuando no, solamente sintiendo en la banquetita de madera el ruido.
Ahora ese tipo de ruido es de alguna manera diferente en las cajas parlantes, como
dicen ellos que se llaman. Ahora está como partido en diversos pedacitos que me
llegan uno tras del otro, y unos son más chicos y otros son más grandes, pero
siempre se parecen mucho unos a los otros, y resulta muy agradable sentirlos.

Ayer Javier me pidió que apoye mi cabeza en la caja parlante y que trate de darme
cuenta de que si lo que estaba sintiendo era lo mismo que antes o no. Pude darme
cuenta claramente que no era lo mismo. Cuando es la cabeza la que apoyo en la caja,
lo que siento es realmente perfecto.

Javier y la niña Ernestina me han dicho que eso es oír. Me han prometido hacerme
conocer muchas cosas que hasta ahora yo no conozco, ahora que ya saben cómo
hacerme oír y ahora que yo se cómo es eso. Me gusta.

Durante estos dos años he pensado cada vez menos en Chulucanas. Me siento
verdaderamente lejos, no solamente de MamaToya y de TataRamiro, también de la
casita, de nuestro perro, de la Toyita y de las montañas de allá lejos. Acá he
descubierto muchas cosas que me ocupan la cabeza y que me distraen. He aprendido
a leer.

En realidad yo ya sabía leer en Chulucanas, en la Casa Grande, pero no es eso lo
que quiero decir, ahora no solamente sé leer como antes, ahora estoy poco a poco
aprendiendo a enterarme de lo que leo, y a aprender cosas cuando leo.

La niña Ernestina me trajo hace poco algunas revistas y un libro sobre la sordera. En
él he leído que en el mundo hay muchas personas que son sordas, que yo no soy el
único. También he leído que hay varios tipos de sordera y que hay algunos que hasta
son curables. He leído sobre una niña que después de haber sido sorda por seis
años, la operaron y que ahora puede oir.

Todos los días tengo, me ha dicho el doctor, que sentir música como si fuese oír.
Javier y la niña Ernestina me permiten ir al cuarto de arriba para colocar un disco y
sentirlo con la cabeza y con las manos. Es fantástico y poco a poco siento más y
puedo distinguir algunas músicas de otras.

La niña Ernestina me ha dicho que me va a traer un libro sobre un famoso músico
compositor que nació en Europa hace muchísimo tiempo y que a pesar de ser sordo
podía hacer música él mismo y que todos lo aplaudían y que él no podía oír lo que
había hecho porque lo oía solamente dentro de la cabeza. Yo entiendo un poco eso.
Hace poco me pasó de sentir música cuando estaba caminando de regreso a la casa
y me sentía alegre, pero la sentí solamente en la cabeza.

Se lo conté a la niña Ernestina pero cuando ella me preguntó cómo era esa música,
no pude explicarle nada, no pude. Ella me pedía que cante y eso no pude hacerlo, no
pude aunque sí quisiera poder.

El otro día recibí una carta de mi MamaToya. La escribió otra persona de la casa
Grande y la dictó ella. Me sentí muy triste. En la noche, cuando estuve solo, me puse
a llorar y después me quedé tranquilo pensando en todo, tan lejos, y también sentí
música en mi cabeza y hasta probé de cantar, pero no pude.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE


TERCERA PARTE

Hoy vino a la casa el Profesor Jorge. Me estuvo haciendo muchas preguntas que me
dio gusto contestar porque me hicieron pensar en mí, en mi sordera, en Chulucanas,
en MamaToya. Le conté al profesor Jorge que yo oía música en la cabeza pero que
no podía cantarla porque no sabía cómo. El me puso unos aparatos en las orejas,
eran negros con una especie de correa que los mantenía pegados a la cabeza y a las
orejas. Creo que los llamó auriculares.

Los conectó con un cable negro a una especie de radio que tenía un huequecito
adelante. No quise sentarme, estaba nervioso, no sabía entonces de qué se trataba.
Me quedé parado mirando al Profesor Jorge. Él se sonrió y apretó un botón en el
aparato.  Oí ruidos agradables. El Profesor Jorge me pidió que repitiese con la boca
lo que acababa de oir.

ooooooooo

Ahora, que han pasado tres meses de esa primera visita he aprendido muchas cosas.
Los ruidos que oigo son notas musicales, tienen nombres. Hay solamente cinco. El
profesor Jorge dice que hay muchas más, pero por el momento yo sólo puedo
distinguir cinco. Tienen nombres, se llaman DO, RE, MI, SOL, LA.

Yo puedo distinguir esas notas y estoy aprendiendo a repetirlas con la boca. Cuando
logro repetir una DO, por ejemplo, o la SOL, el Profesor Jorge me aplaude. Cuando
canto seguidas la SOL y la LA,  y a mí se me humedecen los ojos. Suenan tristes,
pero me gustan.

El profesor Jorge me ha pedido que trate yo de cantar las melodías que me vienen a
la cabeza. Me vino una que era: DO RE MI LA SOL SOL      MI SOL MI RE DO DO.
Me gustó porque me parecía que se parecía a las montañas de Chulucanas.

Ahora ya aprendí, ya no son solamente melodías, ya tienen nombre sus partes, sus
notas. A cada melodía también le he puesto un nombre. He hecho siete melodías con
solamente las cinco notas que me enseño el Profesor Jorge. Se llaman: MamaToya,  
La Montaña Azul,  Mi Perro,  Yo sé Cantar,  La Tierra Huele Rico,  El Sol Calienta.
Las puedo cantar, cualquiera de ellas cuando yo quiero. No las oigo yo mismo, pero
ya sé que están sonando. La niña Ernestina me escucha cantar. Me pide qué canción
quiere, yo se la canto, siempre dos veces seguidas. Ella me mira con la cabeza
inclinada a la derecha, se sonríe y también se le humedecen los ojos, como a mí. Yo
miro el suelo para que ella no vea que estoy llorando.

FIN DE LA TERCERA PARTE