MONÓLOGO

(Aparece en escena solo, sentado en un banco alto, con solamente una luz cenital
sobre él. Pantalón y guayabera blancos.)

En este momento estoy sólo aparentemente delante de ustedes, en realidad no lo
estoy. Yo fallecí hace unos pocos días y he recibido el encargo de venir acá a
contarles qué me pasó, eso es lo que voy a hacer. (tímido) Permiso.

Nací hace 25 años en el llano venezolano, en el estado Guárico, en Zaraza, a mi
alrededor siempre he visto mucho campo vacío, vacas desparramadas por aquí y por
allá, cercas larguísimas, lluvia. Aprendí a ordeñar espantándome las moscas de la cara
y a cada rato acomodando el banquito que se hundía, (ríe triste moviendo la cabeza)
No me gustaba el olor de la leche fresca.

Fui a veces al colegio, me enseñaron un poco a leer y a escribir, no era difícil, me
gustaba descifrar los periódicos viejos que encontraba por ahí. Tenía ganas de irme.

(Se apaga la luz. Cuando se enciende 3 segundos más tarde él está en otra posición.
Se quitó la guayabera, tiene una franela.)

Hace ya varios años que me vine acá a Maracay, acá no hay vacas y la leche viene
envasadita (ríe moviendo la cabeza) Tenía que trabajar y me metí en la construcción
de un edificito, cargaba latas llenas de cemento y piedras porque estaban vaciando un
techo. Las llenaba en la mezcladora, me las subía al lomo (ríe) y chorreando agua gris
las subía por una rampita de madera, las vaciaba sobre un armazón de cabillas
amarradas con alambres y regresaba, rápido, trotando y resbalándome, hacia abajo
riéndome. Otros, con unas palas, iban acomodando el cemento cargado de piedras
entre las cabillas. A veces se me salían los zapatos sin medias. (mueve la cabeza
sonriendo y recordando)

Ayer me dijeron que estaban buscando gente para trabajar en Caracas… coño eso sí
que sería bueno. Ahora voy para allá a presentarme, hay que llevar una copia de la
cédula…. como yo ya sé mezclar cemento…

(Se apaga la luz. Cuando se enciende 3 segundo más tarde él está en otra posición y
tiene una gorrita)

Me vine a Caracas, esa vaina sí que es grande cará. Me dieron un trabajo en una
urbanización cerca de Charallave. Están construyendo una casa. Como yo sé mezclar
cemento… La casa está lejos y por eso todos dormimos en la construcción para no
tener que ir y venir.

A las 5 paramos, nos bañamos, eso sí, y nos cambiamos de ropa. Hay una señora que
nos cocina pero tenemos que pagarle. A las seis y media ya estamos listos y
comenzamos a conversar. Planeamos qué haremos mañana y nos reímos de cosas que
hicimos hoy. Tomamos café aguadiiito.

El otro día, el sábado en la mañana, vinieron de Caracas a pagarnos. El dueño estaba
contento con el trabajo y nos regaló una botellita de ron Cacique. Nos la queríamos
guardar para la semana que viene pero como todos se fueron y yo no tenía dónde irme,
me quedé y la abrí para echarme un palito. Coño que estaba bueno, sin hielo ni nada.
Me quedé dormido toda la tarde. Sabrosa la vaina, cará !

El dueño de la casa que estamos haciendo viene casi cada día, se pasea por aquí y
por allá, mide con los pasos las paredes, se asoma por las ventanas sin hacer, los
cuartos siempre le parecen chicos, pregunta cuánto falta, nosotros siempre decimos
que falta poco.

El otro día vino como a las seis y nos pusimos a conversar. Le ofrecí un roncito y él no
aceptó. No me gusta tomar solo. Me quedé sin tomar pero estaba esperando que él se
fuera. Él sabe usar la plomada y le pregunté cosas que yo no sabía. Me explicó eso de
usar el nivel. Como yo ya sabía mezclar cemento le entendí más fácil.

-Tómese un roncito, patrón. Calienta el alma. Le decía. Nunca quería, decía que tenía
que manejar.

Trabajé en esa casa durante un año, aprendí de todo. Cuando empecé sabía mezclar
cemento y cuando me fui ya sabía de todo, levantar paredes de bloques, de ladrillos
obra limpia, hacer columnas y vigas, frisar, pegar cerámica, pasar cables, poner tubos
de agua y de desagüe, sacar los niveles… de que aprendí, aprendí.

Durante ese año casi no salí de la casa, la plata me alcanzaba, sólo gastaba en comer
y todos los días en la tarde un palito de ron, pa’ calentar el alma. Los sábados que no
trabajábamos, me quedaba conversando con el dueño y con su hijo que estaba
estudiando ingeniería en la universidad y me explicaban cosas. Cada semana le pedía
que me compraran herramientas con la plata que me sobraba después de comer y del
roncito.

Me compraron un metro y una cortadora de cerámica de las buenas. Una piqueta, una
plomada, un nivel, unas cucharas, una espátula, un serrucho… poco a poco, tú sabes,
pa’ poder trabajar solo cuando termine acá. Quería comprarme un trompo para mezclar
cemento, pero eso eran palabras mayores.

Los domingos nadie venía, la señora de la cocina tampoco y yo no quería irme hasta
Maracay para regresar en la noche. Un domingo fui hasta allá y descubrí que Miriam,
que había promettido esperarme, se había empatado con el flaco y estaba esperando
de tres meses. No quise regresar más, qué cará.

Me quedaba en la casa y me comía una arepita con queso, un cafecito aguadiiito y
abría mi botellita de ron. Lo que pasa es que te tomas un palito y te dan unas ganas
terribles de tomarte otro pa’ sentirte mejor, y te lo tomas. Te entra una modorrita, no
tienes nadie con quién hablar, te recuestas contra un árbol y piensas… y te tomas otro
y sueñas y te tomas otro pa’ no pensar más...

Yo no me emborracho. Eso no. Yo he visto que los demás cuanto toman se ponen a
hablar pendejadas y la lengua se les pone de trapo, pero yo no. Yo aguanto, yo no
tengo problema… El dueño me ha dicho que el ron y que hace daño y que yo no
debería tomar, pero lo que pasa es que a mí no me hace nada, yo tranquilo, me tomo
hasta seis roncitos y quieto ahí, yo tranquilo… recostadito, descansandito… borracho
no, yo no.

En abril la plata del dueño se acabó y tuvimos que parar la obra, faltaba bastante
todavía, pero ya no había más “fuerza”. Estaba pensando en irme a Maracay, pero ya
el chamo de Miriam habría nacido y total allá tampoco tenía trabajo. Me puse a buscar
casa y encontré. Me dijeron que había una señora que tenía un cuarto que quería
alquilar por ahí cerca. Me fui a hablar con ella y cuadramos la cosa, le dejé una plata
adelante y me fui a vivir allá, me llevé mis herramientas y las metí debajo de la cama.
Era un domingo, me acuerdo. Ese día sólo me tomé un roncito. La señora, Rosa se
llamaba, me regaló un hielito y me acompañó con un roncito también. Simpática la Rosa.

El lunes bajé a la obra. Ahí estaba el dueño mirando y midiendo. Hablamos y nos
pusimos de acuerdo: Yo podría ir avanzando poco a poco, por no dejar y él me iría
pagando como fuese pudiendo. Total yo ya tenía mis herramientas y sabía más o
menos trabajar solo. En las tardes regresaba a mi cuarto. La señora Rosa me
preparaba un plato y nos quedábamos conversando. Su marido se había ido. Tomaba
mucho, me dijo, ya no trabajaba. Se fue. Por mí que no regrese, me decía.

Yo reconozco que nunca me había sentido así de bien, tenía un trabajo, no me
pagaban “ay qué bruto” pero me alcanzaba para comer, para pagar el cuarto, para
comprarme de vez en cuando un pantalón y una camisa, una vez le compré un vestido
a la señora Rosa. Quedó de contenta… y siempre mi roncito… es que dormía mejor, y
la señora Rosa siempre me acompañaba.

Un día ella me dijo que no le dijera “señora Rosa” que Rosa estaba bien, o que le
dijera “Catira” como le decían en su casa cuando era niña. A mí me gustó más llamarla
Rosina. Un viernes en la noche, me acuerdo bien, Rosina y yo nos tomamos más de
media botella entre los dos, nos reíamos de cualquier cosa.

Recuerdo que ella, bromeando, me empujó en el pecho y yo me caí en la cama muerto
de risa y la vi a ella desde abajo. Estaba preciosa la condenada, estiré el brazo y ella
se sentó a mi lado en la cama, la toqué yo también en el pecho y la empujé un poquito.
Ella se recostó a mi lado.

Ya nunca más me acosté en mi cama, la de ella era más ancha y más cómoda y ella
estaba siempre ahí. Un día traté de ponerme tierno con ella, pero eso no funcionó
nadita, no teniamos más roncito, estábamos como fríos y las cosas no resultaban bien,
parecíamos jugando a algo que no sabíamos jugar. Ella se me quedó mirando y me dijo
que doña Clotilde, dos casas más allá, tenía una botellita de aguardiente. Rosina se
levantó y al rato ya estaba de regreso con la botella a medio tomar. Nos la terminamos.
Esa vez fue mejor que nunca, el aguardiente es distinto, cará, y más barato.

Le pregunté al dueño de la casa si podría trabajar un poco algunos sábados, total estoy
aburrido y mejor si me puedo ganar unos reales extra para redondearme. Él aceptó.
Rosina me preparaba una arepa para llevarmela, una redonda, la llamaba. Me la comía
a eso de las doce y trabajaba contento hasta las cuatro, a esa hora regresaba a la casa
y me bañaba preparándome para el domingo y me tomaba un buen vaso de ron.

Cerca de la casa había una bodeguita, frente a una canchita de bolas criollas, ahí no
vendían ron pero sí había cerveza y cigarros, galletas y diablitos. Era buenísimo eso de
jugar apostando una ronda de cerveza. Casi siempre yo ganaba y tomaba y tomaba
hasta que no podía más con mi alma y me recostaba en un tronco que había ahí al lado
y, a veces, hasta me quedaba dormido.

Al principio Rosina venía a buscarme, pero después ya no venía. Yo me quedaba solo
y me gastaba la plata del sábado en cerveza hasta quedarme dormido. Un día, Rosina
se fue a visitar a su hija en Charallave y cuando regresé a su casa vacía descubrí que
me habían robado la cortadorta de cerámica. Coño, dije, la perdí por borracho. Pero
que cará, tendría que decirle al dueño de la casa que me compre otra, a cuenta.

Me traje todas las herramientas que tenía y las guardé en la casa nueva, ahí había un
cuarto cerrado y como siempre estaba ahí Juan, el guardián, ahí no me las robarían
aunque estuviese yo tomado.

Ya podía yo regresar a la casa de Rosina tarde, a veces derecho y a veces tomado,
pero siempre tarde, total ya mis herramientas no estaban ahí. La cosa es que Rosina
me esperaba con un plato de comida caliente y nunca faltó una botellita de ron o a
veces de aguardiente, de anisado o hasta de cerveza.

Pero siempre nos íbamos a dormir hablando enredado y a veces ya no tenía yo fuerzas
para complacerla y a veces ella no quería saber nada de esas cosas, pero estábamos
contentos porque teníamos los mismos gustos…

Uno de esos días, cuando llegué en la tarde, ella no estaba. Traté de abrir la puerta
con el empujoncito que había que darle para que abra, pero no abrió, entonces me di
de cuenta de que estaba con el candado puesto por afuera.

En ese momento, secándose las manos en el delantal, apareció doña Elvira, la vecina.
-Rosina se fue –me dijo- tenía que ir a Yaracuy a visitar a su hija. No sabe cuándo
volverá. ¿Quiere usted un plato de sopa?
-No gracias –le dije- así está bien.
Me puse a pestañar seguidito, me toqué en el bolsillo del pantalón la botellita que
abultaba, levanté los hombros con un gesto en la boca y, sin amarrarme el zapato que
se me estaba saliendo, me regresé a la bodeguita. Qué cará.

Ahí estaba Nelson sentado en un tronco. Estaba tomado. Me senté a su lado.
-Me dejó la condenada – le dije con la lengua de trapo.
-Qué cará – me dijo mientras me alcanzaba su botella mirándome sin enfocar.
Limpié el pico con la mano y me empujé un trago largo que me quemó más que nunca.
Se me chorreó un poco por un lado. Me limpié con la parte de atrás de la mano y le
devolví la botella. Qué cará. No hacía frío, me recosté al lado del tronco y cuidando de
no aplastar la botella que tenía en el bolsillo, me amodorré sabroso, pensé en que no
había meado y me dormí.

Cuando amaneció, serían como las seis, medio me desperté, me quemaban las tripas,
tenía tierra pegada en la cara, me dolía todo el cuerpo. Nelson ya no estaba. Abrí los
dos ojos. No había nadie por ahí. Traté de levantarme. No pude. Con un gran esfuerzo
saqué la botella del bolsillo, abrí la tapa de rosca y me tomé un trago. Ahh! Qué bien
me cayó, cará. Me limpié la boca con la mano. Agarré bien la botella, no sea que me la
robaran y volví a pegar la cabeza de la tierra.

-Ahí está, detrás del tronco –escuché unas voces. Eran unos chicos que se estaban
yendo al colegio. Se me acercaron y me dieron unas pataditas como para despertarme.
Se reían fuerte. Yo abrí los ojos y los vi desde abajo.
-Fuera! –les dije- déjenme tranquilo cará.

Ese día no pude trabajar. Estaba lleno de tierra por todas partes, pero me fui
caminando poco a poco, derechito para que nadie note que estaba rascao, hasta la
construcción. Ahí estaba Juan sentado en su sillita. Levantó la cara, me vio venir.
-Y entonces –me dijo- ¿Trabajas o no?
-No jodas chico –le dije- dame un café. Más tardecito trabajo.
Entré al cuartito, me recosté en el piso al lado de mis herramientas, apoyé la cabeza en
una bolsa de cemento a medio usar y me quedé dormido.

Pasaron como seis meses, poco a poco íbamos avanzando en la casa, el dueño
protestaba porque algunas paredes me quedaban chuecas y había que tumbarlas de
nuevo y perdíamos los materiales, entonces no me quería pagar y a mí no me
importaba un carajo, lo único que yo quería es terminar el día, más o menos, para
comerme una arepa y tomarme mi ron para dormir bien y para no pensar mucho. Pero
la casa ya estaba tomando forma, ahora había que frisar y pegar cerámicas y pasar
cables… poco a poco, qué cará.

Como a los 8 meses la casa ya estaba casi lista,  fue cuando me caí. Estaba tomado y
me caí de la escalera. Me levantaron. Me dolía todo, especialmente la barriga por
dentro. El dueño, que andaba por ahí, me llevó a la medicatura para que me vean. De
ahí me metieron en un carro y me llevaron al hospital.

Me dijeron que lo que me dolía no era la barriga sino el hígado. ¿Qué será eso?
Pensé. Se me había hinchado la barriga, decían que era por tomar mucha cerveza. Yo
no les hacía caso, si yo nunca tomo cerveza, pensaba, están locos. Pero estaba todo
hinchado y me dolía.

-Lo que tú tienes es cirrosis –me dijo un médico- cirrosis hepática o mejor dicho cirrosis
alcohólica… de tanto tomar, cará.

De ahí ya todo fue terrible, los dolores por un lado y la falta de mi roncito por la otra.
Dormía mucho y me despertaba solo en la cama. Miraba las paredes blancas y sucias,
habría que pintarlas, pensaba. A mi lado siempre había un viejo enfermo en otra cama.
Un día ya no estaba ahí. Se murió, me dijeron.

Al otro lado había un tipo joven que se había roto la pierna. Ismael se llamaba y venía
de Agua Fría. A veces hablábamos. Yo estaba solo y a veces, qué cará, me sentía
triste y me quedaba viendo el techo con el ventilador blanco que daba vueltas y vueltas
y vueltas. Me dolía la barriga todos los días. Yo seguía llamándolo dolor de barriga.
Que cará.

Un día Ismael se despertó y vio que yo no estaba ahí. Se murió, le dijeron. Es que
tomaba mucho. Ahora ya está descansando, qué cará.


Adolfo Pardo
29 septiembre 2008